LA HISTORIA DE MIGUEL

CAPÍTULO 3

Recuerdo esas vacaciones por Navarra. Una de las pocas ocasiones en las que estuvimos unidos. Por eso vine cuando murió. Quería olvidarme de haberle perdido recordando lo vivido.

Nunca disfruté verdaderamente de nada con él. Mi padre era un hombre serio, bastante estricto y con un grave problema social. Recuerdo que mis amigos, después de subir una primera vez a mi casa, ya no les apetecía volver una segunda. En esa edad pocos tienen los padres que desearían, pero en mi caso..., supongo que los acontecimientos, uno tras otro, fueron haciendo que ese sentimiento sólo aumentara con los años. Y con él, nuestra distancia.

Solo había una excepción, algo que nos unía fervientemente y que mantenía ese hilo entre nosotros que no se rompía: las motos. Todavía puedo recordarle en el garaje de casa, hablándome de todo lo que le gustaba, aquella DUCATI 175 TS que pudo comprarse ahorrando, no queriendo ni pensar todo lo que tuvo que hacer para conseguirla.

A mis 16 años me dejó conducir uno de sus pequeños tesoros y yo, aun siendo consciente de lo que aquello significaba para él, me caí. Aceleré demasiado fuerte antes de aprender a frenar (error de novato) y terminé en el suelo. Todavía siento la mirada de mi padre cuando volví con ella empujándola calle arriba.

Restauramos la moto entre los dos y prometimos nunca más tocarla. Como si preservarla intacta pudiera conservar de igual manera cada uno de los momentos que pasamos juntos en ese garaje, con ella, nuestro proyecto, con el olor a historia, viviendo un paréntesis excepcional de lo que era la relación habitual entre nosotros.

Un olor especial devolvió a Miguel a la realidad dejando atrás sus pensamientos...- Recuerdo este sitio... - Pensó Miguel –

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